Álvaro Lobato

Autor

El racionalismo crítico y la metodología de la ciencia

La clave de bóveda del conocimiento reside en comprender la naturaleza esencialmente falsable de una hipótesis explicativa, es decir, de una teoría.
Keywords: racionalismo, ciencia, conocimiento, naturaleza, pensamiento, método científico
Autores referenciados:

Karl R. Popper Hans Albert

Una de las primeras cosas que aprendí es a empezar siempre por el principio, incluso aunque nos encontremos al final. Y al principio del conocimiento está el método. Y por método entiendo aquí no sólo una guía para acumular y clasificar el conocimiento, sino también un formidable instrumento de diagnóstico para discriminar la naturaleza y la tipología del saber y una utilísima herramienta crítica que nos permite sortear los obstáculos y las trampas del pensamiento que, en forma de errores sistemáticos, con todo el muestrario de sesgos y prejuicios, asaltan permanentemente el proceso de reflexión.


Racionalismo Crítico” es el título del libro más elaborado y de mejor factura teórica de Hans Albert un aventajado discípulo de Popper que, inspirándose en la obra de este último, sistematizó los postulados fundamentales de lo que con el tiempo se consolidaría como una filosofía de la ciencia y una metodología científica extraordinariamente fructífera.


El libro de Albert “Racionalismo Crítico” es también necesariamente una reivindicación de la obra de su maestro y predecesor, Karl Popper. Sin “La lógica de la investigación científica”, “Conjeturas y Refutaciones”, “La miseria del historicismo” o “La sociedad abierta y sus enemigos” no hubiere sido posible alumbrar una teoría que pretende dar cuenta de una explicación plausible de la evolución del conocimiento científico y del método que nos permite identificar los errores, aunque sólo sea para volver a cometerlos.


La clave de bóveda del conocimiento reside en comprender la naturaleza esencialmente falsable de una hipótesis explicativa, es decir, de una teoría. Las buenas teorías científicas son aquellas que son falsables, esto es, las que pueden ser objeto de refutación. Por tanto, el buen científico es un crítico constante e insobornable cuyo objetivo es el conocimiento genuino que consiste en la elaboración de hipótesis susceptibles de refutación.


La ciencia no proclama verdades eternas e inmutables; de hecho, no hay ninguna teoría definitivamente verdadera; por el contrario, elabora conjeturas hipotéticas cuya finalidad es resolver problemas, hipótesis provisionalmente verdaderas, pero, en todo caso, susceptibles de falsación o refutación. Esa es la línea roja que no debe cruzarse, la frontera que delimita el territorio de la ciencia de otros saberes o disciplinas, el criterio de demarcación entre ciencia y pseudociencia.


Naturalmente, no todas las aproximaciones a la verdad gozan del mismo estatuto teórico. El concepto de verosimilitud permite distinguir entre hipótesis que tengan un mayor o menor contenido de verdad o de falsedad en función de las consecuencias que se derivan de la proposición en concreto.

El racionalismo crítico nos alerta también frente a las veleidades silogísticas de la inducción, un modo de razonamiento útil pero que se sustenta sobre bases inestables como ya advertía aquel gran empirista que fue David Hume y sobre el que Bertrand Russell ironizaba con una jocosa y divertida parábola: el pollo que se encuentra en una granja está acostumbrado a que, cada mañana, el granjero deposite el alpiste en la misma cubeta; de ahí infiere que, a la mañana siguiente, se seguirá la misma pauta; hasta el día en que el granjero llega y en vez de darle de comer, para su gran sorpresa, le retuerce el pescuezo……


El pensamiento crítico que se fundamenta en un sano escepticismo racionalista se halla siempre incómodo consigo mismo, en una permanente situación de provisionalidad, incansablemente dispuesto a subvertir cualquier apacible existencia en pos de una mayor aproximación a una inalcanzable verdad. Es esa búsqueda sin término, por emplear el título de la autobiografía de Popper, la que ha hecho de nuestra sociedad la civilización más avanzada que jamás ha existido.


Este particular método de aproximación al conocimiento no es privativo de las ciencias físicas o matemáticas. Es el fundamento de nuestro aprendizaje evolutivo que como especie hemos ensayado una y otra vez a lo largo de nuestra milenaria historia desde hace cientos de miles de años, cuando nuestros antepasados caminaban por la sabana africana en busca de alimento y sabían que cualquier error, por mínimo que fuera, les podía costar la vida.


Es también el mismo método que tanto ha contribuido a configurar al individuo como dueño de su propio destino, desmintiendo las epopeyas históricas y las narrativas milenaristas que anticipaban una especie de utópico e irrealizable paraíso perdido.


En ese conocimiento evolutivo de base experiencial y de raíz cultural que es la ciencia se encuentra el fundamento mismo del progreso humano, del avance tecnológico y de los grandes logros de la ilustración europea. Es también la ciencia y su incansable acción subversiva la que nos dice que vivimos bajo un cielo estrellado, en un universo solitario, sometidos a las inexorables leyes de la física y de la evolución, que habitamos un mundo sin ningún propósito específico desprovisto de mitos y dioses. Junto a “La miseria del historicismo” de Popper, Hans Albert replicaba con “La miseria de la teología” aludiendo a su pobreza teórica y a la escasa consistencia intelectual de esas prácticas que se alimentan de una angustia con la que ha de lidiar la existencia.


Sabemos que estamos solos frente a nuestro destino y, sin embargo, es un extraordinario destino. Somos los afortunados herederos de una gran tradición intelectual, de aquellas sociedades abiertas que inauguraron el “gran florecimiento” de la ilustración. Debemos preservar los formidables logros de la razón ilustrada sin olvidar también sus demoníacas desviaciones.


Hay, sin duda, algo de verdad en la ambigüedad de la dialéctica de la ilustración que tanto hicieron Adorno y Horkheimer por recordarnos insistentemente. Ellos pertenecían a la otra gran tradición del pensamiento occidental, el materialismo histórico, cuyo legado también hemos de conservar.


Esta otra gran tradición, que aún otea el horizonte intelectual bajo la batuta de Karl Marx, una vez que ha sido despojada de su pernicioso mesianismo utópico, es, con toda seguridad, una útil herramienta cognoscitiva que nos recuerda la primacía de lo real sobre lo ideal, de lo material sobre lo eidético. Todavía hoy el pensamiento florece entre la Viena de Popper y el Londres del exilio de Marx.


Ahora que sabemos que pisamos el suelo firme de una tierra sometida a las leyes materiales de la física, no hay ningún obstáculo para que el pensamiento asuma con todas sus consecuencias lo que permanentemente pone de manifiesto el método científico de ensayo y error, de avance y retroceso en el destino de la especie.


El racionalismo crítico tal como se desprende de la obra de estos grandes creadores no es ninguna ideología, al menos en el sentido clásico de este concepto. Constituye, más propiamente, un modo de estar en el mundo, de entender la totalidad en la que estamos inmersos y de comprender las complejas interrelaciones entre los fenómenos que la constituyen. Se trata de una ventana abierta al conocimiento que nos permite experimentar para caernos y levantarnos una y otra vez, una ventana por la que se cuela, a la manera de un vendaval, el aire de la libertad.

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