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Una lanza por la historia

Resumen

Cualquier comunidad humana, sea Europa, España o Andalucía difícilmente sobrevive si sus raíces (históricas) no se hallan bien asentadas en la profundidad de su pasado y el pertinente conocimiento. Dejarlas a ras de suelo, erosionarlas, reducirlas al ayer inmediato no provoca otro efecto que no sea su progresiva declinación. Trataremos de impedirlo.

He sido profesor de historia durante algo más de cuarenta años. No colgué los trastos tras la jubilación y continué dedicando mi tiempo a la investigación sin poder imaginar que volvería a tomar contacto con la docencia. Pero un día Álvaro Lobato me convenció para que me hiciera cargo de un seminario de historia similar a los que FIDE ya venía dispensando. Poco después llegó la pandemia y el proyecto tomó forma definitiva, apostando por la única que se podía elegir, es decir, la modalidad virtual.  

Ha pasado el tiempo suficiente como para que mi ánimo haya virado de la desconfianza hacia la aceptación, o incluso al entusiasmo, de este medio de practicar la docencia sobre la cual confieso que albergaba serias dudas. Creo poder identificar en este proceso dos elementos principales; a saber: la disposición del plantel de colegas que han afrontado la tarea de dispensar las lecciones, y la pasión con la que los asistentes -entre los que me incluyo- las han seguido.  Desde el primer momento en que aterricé sobre el proyecto percibí, en efecto, que la pantalla de cada uno de nosotros era capaz de salvar cualquier distancia a condición de que el conferenciante y su audiencia pusieran lo mejor de su saber -el uno- y su interés -los otros. Es así que durante este curso alcanzaremos la cifra de cuarenta sesiones y entre cuatrocientos y quinientos asistentes. La Historia, con mayúscula, constituye un saber y una aventura apasionantes, y tanto las intervenciones de los conferenciantes como las cuestiones planteadas por los asistentes certifican que hemos dado con un atractivo filón de nuestra cultura común.  

Las programaciones anuales han procurado no descuidar ningún período histórico; va siendo costumbre comenzar el curso con la Prehistoria, cuyo vertiginoso avance merced a las más diversas técnicas nos descubre horizontes difícilmente imaginados para quienes nos reconocemos ajenos a ella. Prestamos atención por supuesto al resto de periodos históricos y tratamos de ensanchar el horizonte geográfico hacia allí donde resulte pertinente a fin de entender los hitos de la evolución de nuestro pasado como especie.  

Cuando redacto estas líneas (12, 1, 2014) leo en El Mundo un titular que me deja helado: “Los profesores españoles, líderes europeos en el rechazo a aprender de memoria fechas y hechos históricos”, al que acompaña una coletilla no menos inquietante: “España también es el país donde los docentes menos confían en los libros de texto, según el Consejo de Europa”. ¿Qué es lo que está ocurriendo?, cabe preguntarse. Algunos hemos heredado del malogrado Nuccio Ordine (1958-2023) la certidumbre de que el estudio de las humanidades está siendo víctima de una laminación en todos los niveles de la enseñanza de la que, por desgracia, no faltan los ejemplos en España. Hace unos días leí también que no sé qué currículo omitía por entero la historia del siglo XVI hispano… No es posible entenderse el devenir histórico amputándolo de semejante manera; no se llega a John Locke sin pasar antes por Francisco de Vitoria. El modus operandi al que el saber histórico en particular está siendo sometido no me parece sin embargo inocente. Cualquier comunidad humana, sea Europa, España o Andalucía difícilmente sobrevive si sus raíces (históricas) no se hallan bien asentadas en la profundidad de su pasado y el pertinente conocimiento. Dejarlas a ras de suelo, erosionarlas, reducirlas al ayer inmediato no provoca otro efecto que no sea su progresiva declinación. Trataremos de impedirlo. 

Juan E. Gelabert 

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