Álvaro Lobato

Autor

Yo pisaré las calles nuevamente

Explora la compleja historia de la "experiencia chilena" a través de la vida y legado del presidente Salvador Allende examinando las narrativas políticas y económicas que marcaron un periodo crucial en la historia de Chile.
Keywords: Chile, Allende, Experiencia Chilena, Chicago Boys, Pinochet, Golpe de Estado, Crisis Económica, Joan Garcés, Bipolarización política
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Así comenzaba la evocadora canción con la que Pablo Milanés rememoraba lo acontecido en las calles de Santiago de Chile aquel lluvioso martes del 11 de septiembre de 1973. En el palacio presidencial de “La Moneda” rodeado por el ejército y bombardeado por la fuerza aérea, se quitó la vida el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende. 

Con su icónica muerte precedida por sus últimas palabras transmitidas por radio, concluía un proceso de transformación política que había asombrado al mundo durante tres azarosos años y se inauguraba una larga, cruenta y sombría dictadura militar que se prolongaría hasta 1989. Ha transcurrido medio siglo desde la muerte de Allende, pero su figura y la experiencia del gobierno de la Unidad Popular siguen muy vivas en la memoria de la sociedad chilena y continúan concitando un inusitado interés internacional, como lo prueba la multitud de ensayos y biografías aparecidas con motivo de la efeméride, tanto sobre el mismo Allende como sobre la experiencia política que lideró. 

La primera vez que oí hablar seriamente de lo que vino a conocerse como “la experiencia chilena” yo era un joven estudiante en la facultad de economía en la que, por entonces, imperaba una especie de oligopolio académico entre un keynesianismo en decadencia -cuestionado por el impacto de las crisis del petróleo- y un confuso anticapitalismo de vocación estatista que pretendía inspirarse en los textos clásicos del marxismo. Y entonces aparecieron Milton Friedman y los “Chicago Boys”, quienes, con su refrescante desafío a la ortodoxia keynesiana, estaban demostrando las bondades del mercado en aquel gigantesco experimento social que se estaba desarrollando en el Chile de Pinochet. 

Nunca me gustaron demasiado, ni entonces, ni ahora. Tampoco me convencieron. Ponían en práctica sus elegantes teorías en una gigantesca cárcel que habían transformado en un laboratorio. Pero de todo aquello surgieron algunas cuestiones que cautivaron mi interés por la “experiencia chilena”, un interés que se ha prolongado hasta el día de hoy. Una de esas cuestiones fue la famosa nacionalización de las minas de cobre aprobada unánimemente por el congreso de Chile en julio de 1971. El Gobierno de la Unidad Popular nacionalizó las minas propiedad de empresas estadounidenses sin abonarles un solo dólar de indemnización porque, previamente, había descontado lo que calificaba como “utilidades o beneficios excesivos” obtenidos por las empresas mineras durante los años anteriores. En mi trabajo concluía que, amén de su cuestionable fundamento jurídico, aquello constituía un grave error estratégico y, de hecho, los acontecimientos me dieron la razón. Fue también mi primera aproximación a un largo idilio con Chile. 

Pero ¿Cuál es el significado de la denominada “experiencia chilena” ?, ¿Cuál era el contenido de la vía chilena al socialismo?, ¿Qué sucedió durante los mil días del Gobierno de Allende y de la Unidad Popular? 

Todo comenzó en la madrugada del 4 de septiembre de 1970 cuando el candidato de la Unidad Popular – una coalición de partidos de izquierda – Salvador Allende, ganó por escaso margen las elecciones presidenciales imponiéndose al candidato de la derecha Arturo Alessandri, y al representante de la Democracia Cristiana, Radomiro Tomíc. Al no obtener mayoría absoluta ningún candidato, la constitución chilena establecía que el Congreso Nacional debía decidir entre las dos primeras mayorías- Allende o Alessandri-. Y en efecto, un mes y medio después cumpliendo con la tradición, el congreso de Chile eligió presidente, como siempre había sucedido, al candidato que ostentaba la primera mayoría. Y así fue como Salvador Allende -un marxista declarado que encabezada un programa de transición hacia el socialismo- se convirtió en presidente de Chile para los siguientes seis años. 

Fue, sin duda, un momento de euforia. Pero como muchos años después me dijo Joan Garcés, entonces un joven abogado y politólogo valenciano que había viajado a Chile para elaborar su tesis doctoral y que acabó convirtiéndose en un íntimo asesor del presidente Allende, esa euforia colectiva era algo parecido a la borrachera que precede a la resaca. 

Desde el principio, Allende tuvo que enfrentar muchas dificultades. Para empezar, la Unidad Popular no era un partido político sino una coalición de partidos de distinta orientación ideológica y escasamente cohesionados. Careció en todo momento de una dirección política homogénea y la regla de la unanimidad en la toma de decisiones y la ausencia de una coordinación eficaz lastraron permanentemente la acción del Gobierno. En su libro “Allende y la Experiencia Chilena” publicado en 1976, Joan Garcés pone de manifiesto el escaso liderazgo de Allende en el seno de la coalición e incluso en su propio partido, el Partido Socialista, liderado por su ala más radical encabezada por el senador Carlos Altamirano.

En su icónico discurso de mayo de 1971 ante el pleno del Congreso nacional el propio presidente Allende entronizó, en ese tono solemne y mayestático de quien sabe que está protagonizando la historia, lo que denominó como “la vía chilena al socialismo”, un sugerente camino que pretendía alcanzar los mismos fines a través de procedimientos democráticos y manteniendo el pluralismo político, lo que diferenciaba el proceso chileno de cualquier precedente histórico hasta la fecha.  

En esa fórmula se condensaba el extraordinario poder de atracción que durante tanto tiempo ejerció en la izquierda europea la “experiencia chilena”. Pero la vía chilena al socialismo exigía una amplia mayoría política y social de la que, no solamente siempre careció la Unidad Popular, sino lo que resulta aún más paradójico, los dirigentes en especial del Partido Socialista y de otras formaciones menores, se esforzaron denodadamente por dificultar cualquier acercamiento a la Democracia Cristiana y en particular a su ala más progresista que propugnaba un programa de transformación similar al de la coalición gubernamental. En su libro y en las conversaciones que tuve con él, Joan Garcés achaca a esa miopía política una gran parte del fracaso. 

Joaquín Fermandois, un reputado académico chileno, en su libro “La Revolución Inconclusa” en la que, sin duda, es la obra más documentada sobre el gobierno de Allende, llega a la conclusión de que la vía chilena al socialismo estuvo siempre rodeada de un aura mítica, de una permanente indefinición que remitía a una especie de arcadia futura carente de todo referente específico. Fermandois denuncia la ausencia de modelo como una de las carencias básicas del proyecto de la Unidad Popular y del propio Allende. 

En este sentido la ambigua y singular personalidad de Salvador Allende jugó un rol decisivo. En su espléndida biografía sobre el presidente, Daniel Mansuy, un prestigioso profesor del instituto de filosofía de la Universidad de los Andes llega a la conclusión de que el propio Allende sobreestimó muy exageradamente su notable habilidad política – su famosa “muñeca” – para conciliar intereses contradictorios y alcanzar soluciones de consenso. Todo ello terminó degenerando en discursos alternativos que minaban su credibilidad y evidenciaban su incapacidad política para controlar la coalición que le sostenía en el poder. 

La famosa “vía chilena al socialismo” fue, en gran parte, una entelequia teórica, un singular rapto poético del propio Allende. Era, en esencia “la vía allendista” carente de un diseño teórico y de un modelo práctico. Fue producto, en gran medida, del espontaneísmo y la improvisación de un proceso que generó su propia dinámica interna. Como le gustaba decir al propio Allende: “se hacía camino al andar”.  

En alguna medida, Allende era un prestidigitador, una especie de “mago” de la política, acostumbrado a sacar un conejo de la chistera en el momento oportuno. La biografía que mejor capta su compleja personalidad es, sin duda, la de Eduardo Labarca “Salvador Allende: una biografía sentimental”. Allí, de la mano de un simpatizante y colaborador aparecen retratadas las que Daniel Mansuy califica como “muchas almas de Salvador Allende”, unificadas bajo el halo de su pasión más humana. Allende era básicamente un seductor. Siempre le encantó practicar aquella notable habilidad que poseía; con sus padres, con su familia y con sus hermanas, sus compañeros de universidad, sus camaradas del Partido Socialista, con los miembros de la Unidad Popular, con sus adversarios políticos, con Patricio Aylwyn y la democracia cristiana, con los militares y las Fuerzas Armadas y también, por supuesto, con las muchas mujeres que pasaron por su vida. 

Ese extraordinario poder de persuasión que, en muchas ocasiones, le hacía irresistible se convirtió, con el tiempo, en una especie de amuleto. Algo parecido a una creencia predestinada de que nada podía salir mal porque en última instancia su providencial intervención -un sutil muñequeo- permitiría superar la crisis conciliando las contradicciones.  

Y, de hecho, así sucedió en numerosas ocasiones. Sin embargo, al final la cuerda se tensó demasiado y se rompió. Allende como buen marxista que era debería haber sabido que las contradicciones que generan las condiciones objetivas no pueden superarse mediante el subjetivismo voluntarista. La derrota de la Unidad Popular y su propio fracaso personal fueron el resultado inevitable de los múltiples errores cometidos durante aquellos mil días de gobierno. 

El primero y fundamental la desastrosa política económica del gobierno de la unidad popular. Stefan de Vylder la ha analizado bien en una obra clásica que aún mantiene su vigencia y que sigue siendo el mejor estudio económico del gobierno de Allende. Resumidamente, fue la extraordinaria expansión monetaria llevada a cabo durante el primer año, multiplicando por cinco el dinero en circulación, la que sembró la semilla del caos posterior. La capacidad adquisitiva de los sueldos y salarios se incrementó más de un 30% en un corto período de tiempo, el consumo se disparó y la producción se resintió. Fue la antesala de las largas colas con las cacerolas vacías, el desabastecimiento y la hiperinflación. 

A finales de 1971 la economía chilena inició una espiral inflacionista que acabaría estrangulando el proyecto político, una crisis que tenía un desenlace claramente previsible. Naturalmente, la descarada intervención norteamericana no ayudó. Pero hubiera sido ingenuo esperar cualquier otra cosa después del trágico error de la nacionalización del cobre. No le faltaba razón a Kissinger cuando decía aquello de “un dólar, al menos que nos den un dólar”. Fue una humillación innecesaria que acentúo un enfrentamiento que, finalmente, resultó letal. 

Después vino todo lo demás. Un creciente proceso de bipolarización que acabó escindiendo la sociedad chilena en dos sectores irreconciliables. Joan Garcés advirtió en varias ocasiones al presidente Allende: la vía chilena exigía una mayoría social que la unidad popular no tenía. Y cuando las condiciones objetivas no están dadas, lo inteligente es ayudar a crearlas. El aislamiento de la democracia cristiana en gran parte provocado por el intransigente radicalismo de la unidad popular contribuyó decisivamente a forjar la unidad de la derecha en torno a una mayoría social contraria al gobierno de Allende. Y eso era el principio del fin. 

Las protestas de la burguesía en las calles del barrio alto de Santiago, las marchas con las cacerolas vacías, el paro de los transportistas de octubre de 1972, el intento de golpe de estado de junio de 1973 -el tancazo-, la infinita sucesión de gobiernos con miembros de las Fuerzas Armadas, el surgimiento del denominado “poder popular” con los “cordones industriales” y las ocupaciones de empresas y predios rústicos, los incendiarios discursos de Carlos Altamirano y el Partido Socialista llamando a la desobediencia de los soldados y marineros frente a sus mandos, la declaración del pleno del Congreso negando la legitimidad del Gobierno y, por último, la dimisión de Carlos Prats comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y último bastión frente al golpismo, fueron otros tantos hitos que anticipaban lo inevitable. 

La inmolación del 11 de septiembre en el palacio de La Moneda fue el legado póstumo de Salvador Allende, un gesto mesiánico precedido por las inolvidables palabras que, a modo de plegaria, dirigió en su última despedida a todos los chilenos. El discurso de las “grandes alamedas” consagro a un simple luchador social como el mismo Allende se definió, como un icono internacionalmente reconocido en la búsqueda de una sociedad mejor. 

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